Desde las
entrañas de la Tierra,
tocando la nubes,
rugía y se acrecentaba
la furia de
titán.
La madre escrudiñaba
la noche antigua
en la apacible
aldea de mineros,
mientras un
manto de paz los cubría
y los luceros
de la noche acariciaban sus sueños
como
adivinando ya que la Tierra liberaría su enojo.
El viento no
queriendo ser testigo,
apresuró su
caminar y desapareció,
en
lontananza.
Cada
instante los rugidos eran más fuertes,
haciendo
temblar el piso,
de sus
casas, en el pequeño desierto,
en sus ojos
se dibujaba el temple
de madre
salvadora,
aferrando al
hijo a su pecho
luchando por
contener el horror
que con
súbita exclamación, escaparía de sus labios;
Señor, me diste el fruto de mi amor,
no me abandones ahora,
mi vida te entrego, no obstante, salva a mi
hijo y mi marido,
aunque, te reitero, lucharé y lucharé, por
ellos,
cúbrenos sin mediar palabras con tu fuerza hercúlea.
Se aproximó
a la puerta ya con predisposición, salvarse,
y al
comprobar que la lejanía desaparecía,
y que el feliz
polvo lo cubría todo,
al correr
hacia la salvación, sintió manos fuertes,
tomando
sus brazos, tomando sus brazos.
Confirmando que
su amor elegido estaba ya a su lado,
sintió una
paz eterna,
y se
abrazaron en cascada de llantos
y corrieron
juntos hacia el horizonte de la salvación.
Madre,
valentía de mujer protegida de Dios,
viviste
eternos momentos y supiste sortearlos
al abrir tu
corazón suplicante fuiste escuchada,
del cielo
bajaron ángeles,
y en sus brazos los salvaron.
El cielo
recobró su inmensidad,
escuchándose
celestiales himnos, en tu honor,
por la hidalguía
de ese amor, en ese abrazo con tu pecho,
acurrucaste
tus dos amores y conseguiste ser escuchada.
A través de
los años tu mirada sigue intacta,
de
fortaleza, de protectora, de ese amor infinito,
hacia todos
tus hijos nacidos
de ese amor
sublime.
En tu
naturaleza de madre
has
entregado amor, fortaleza y comprensión.
TE AMAMOS.
Ruben.
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