emergiendo del horizonte de mis temores
recorrí tus calles
deseoso
de tu desterrado cuerpo del Edén.
Y torturado por la ambición
de los sueños disolutos de Prometeo
encadenado al santuario de mi memoria,
fui derrotado por la marejada de tus deshielos.
Nunca logré conocer todos los ángulos
que alcanzaban los extremos de tus poros
ni los aromas de tu valle embriagador.
Sólo percibí el calor de camino viejo que mi anhelo transitaba,
cuando palpité junto a tu seno lánguido
para alcanzar el sol que yacía escondido en tu lecho.
Y así poder extinguir tu llama con el revoloteo de mis besos,
vaciando tu marea
que baño por primera vez mi piedra encendida.
Tierra de verano.
Cómo se incendiaba en mis labios la sed maldita,
mientras se corroía el alma de mi fibrosa ilusión
por tu cuerpo y tus espinas
incrustadas en mi incauto corazón.
Tus pretéritas arenas
sosegaron los azotes del mar contenido en mis deseos,
y cuando el reloj de las seis me avisaba la llegada de los ruiseñores
mi latido no quería abandonar el cielo de tus sábanas.
Stanley Barahona del libro "Los Extremos del Horizonte"
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